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Para difundir las enseñanzas de Emanuel Swedenborg en el mundo hispanohablante.

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Introducción al pensamiento religioso de Swedenborg. 

Swedenborg retratoEl Mundo Espiritual en General

EL MUNDO espiritual comprende tres grandes divisiones: el cielo, el infierno y un lugar intermedio que Swedenborg llama «el mundo de los espíritus». En este último vive también el hombre, aunque inconscientemente, durante su vida natural. En este mundo se despierta después del breve período de inconsciencia que normalmente acompaña a la muerte física. En cada una de estas tres divisiones primarias existen innumerables subdivisiones, pero de éstas no es necesario que nos ocupemos por ahora. Lo principal en todas ellas es que son esencialmente estados de la mente humana, individual y colectiva. El cielo está constituido por un decidido amor al bien y a las verdades que lo apoyan, iluminan y dirigen, y el infierno, por un decidido amor al propio yo y a las falsedades que lo apoyan y justifican. El mundo de los espíritus es un estado en el que todavía se encuentran en la misma mente las influencias del cielo y las del infierno. Durante su vida terrena el hombre elige entre estas influencias, y después de su muerte física los resultados de su elección quedan completamente expuestos.

Las afirmaciones acerca del mundo espiritual suscitan a menudo dos dificultades de tipo contradictorio. De una parte, la vida en ese mundo se asemeja tanto a la vida que llevamos en éste que sus enseñanzas parecen reducirlo a una especie de lugar común. Por otra parte, las circunstancias fundamentales de ese mundo parecen tan remotas de la humana experiencia que es difícil concebir en esas condiciones una existencia humana real, estable y activa. Queda por ver si estas dificultades tienen fundamento. Antes expondré brevemente en qué sentido el mundo espiritual descrito por Swedenborg se asemeja a la vida de este mundo y en qué sentido difiere.

Se parece en estos aspectos: una vez que el alma se ha separado completamente del cuerpo físico —lo que usualmente ocurre al tercer día después de la muerte—- se halla, según le informan sus sentidos, exactamente como antes, salvo que el mundo material y todo lo que él contiene ha desaparecido de su conciencia. Todas las facultades corporales y mentales quedan intactas. Late el corazón, respiran los pulmones, come, bebe y duerme. Se reúne en sociedad y conversa con otros, y se divierte según sus gustos. Lee, estudia y trabaja de acuerdo con sus aptitudes y costumbres. El hombre sigue siendo hombre; la mujer, mujer, y el niño, niño. Se encuentra en un mundo cuyo paisaje circundante parece idéntico al mundo que acaba de dejar. Hay colinas, valles, ríos, lagos, mares, animales, plantas, ciudades y gente. En una palabra, está rodeado de objetos semejantes a los que le eran familiares durante su vida sobre la tierra. Aparentemente no hay diferencia alguna. Swedenborg asegura repetidas veces que la semejanza del otro mundo con éste es tan completa que, a menos que reflexione sobre el asunto, una persona no se da cuenta de que no vive ya en su cuerpo físico en el mundo material. Sin embargo, aquí, en la apariencia externa de las cosas, termina la semejanza. 

La desemejanza es considerable y no muy fácil de describir. Aunque en el mundo espiritual los objetos parecen estar separados en el espacio como lo están en el mundo natural, allí el espacio es de orden enteramente distinto. Los objetos percibidos son objetos espirituales, aunque representados por apariencias naturales, y el espacio en que se mueven es un espacio espiritual. No está fijo, como lo está en el espacio físico, porqué no hay materia ni sensación física que pueda darles estabilidad. En su conjunto, los objetos del mundo espiritual comprenden todas las variedades del bien y la verdad y de las perversiones de éstas, que son las sustancias y formas que lo componen. En otras palabras, los ángeles y los espíritus experimentan las cualidades espirituales como formas objetivas. Su condición sensorial es precisamente lo contrario de la que tenemos los  habitantes de este mundo, que percibimos los objetos materiales mientras las cualidades espirituales no son evidentes fuera de nuestras propias mentes, salvo en la medida que aprendemos a vislumbrarlas a través del velo de la materia.

En las enseñanzas de Swedenborg es fundamental el concepto del mundo espiritual sin espacio fijo, y, por consiguiente, sin tiempo mensurable, puesto que toda medida del tiempo se deriva de los movimientos de la materia en el espacio. A menos que podamos creer en la posibilidad de que exista un mundo real que no se encuentra en el espacio y el tiempo, es imposible concebir siquiera la naturaleza de sus experiencias. El concepto  presentará poca dificultad a quien tenga nociones de psicología, siempre que sus conocimientos se deriven de la observación directa de los procesos mentales, no sólo de los textos.

El mundo espiritual, considerado como un objeto de los sentidos, es creado por Dios a través de la mente de los ángeles y espíritus, en correspondencia con sus estados individuales y colectivos. Ese mundo es real porque es su creación y porque da  consistencia a las supremas realidades de la existencia humana, que son de índole espiritual. La diferencia entre el estado consciente de los ángeles y el nuestro es que en tanto nosotros percibimos los objetos como externos e independientes de nuestra persona, y no vemos en ellos mucho que se relacione con nuestros estados espirituales, el de los ángeles obra primariamente sobre la base de los estados mentales o espirituales en que tienen su origen los objetos percibidos. Esta inclinación de sus mentes no presupone, como podría imaginarse, que sus estados conscientes se concentren constantemente en sí mismos, sino precisamente lo contrario. Sabedores de que reciben todas las cosas que constituyen el cielo, dentro y fuera de sí, como libres dones procedentes de la abundancia del amor y la bondad divinos, no es el propio yo lo que ven cuando miran dentro de sí o a su alrededor, sino algo procedente de la Fuente de donde mana todo bien altruista, que es la que los ha moldeado y los conserva en cierta semejanza, aunque remota e imperfecta, consigo misma.

No se me escapa lo extremadamente difícil, si no imposible, que es para la mente en ciertos estados captar la idea de un mundo desprovisto de condiciones espaciales fijas. Porque instintiva y casi inconscientemente damos por sentado que el mundo externo existe exactamente como nos lo revelan los sentidos, y que se sostiene por sí mismo; en una palabra, que su existencia está más allá de la mente. Mas todo estudiante de filosofía sabe bien cuán poca justificación tiene este concepto. No hay peligro en pensar que las cosas percibidas son exactamente como nos las pintan nuestros sentidos. Es así como tenemos que pensar para poder ejecutar nuestro trabajo en el mundo. Sólo cuando comenzamos a razonar contrariamente a lo Divino, sobre la base de esas  impresiones sensorias, es cuando ellas se tornan peligrosas y acaso pueden ser fatales al conducirnos a un ateísmo práctico, si no teórico. Acaso baste lo anterior para demostrar lo acertado de esta advertencia de Swedenborg: «Os encarezco no intercalar el tiempo y el  espacio en vuestros pensamientos sobre cosas espirituales, pues en la medida que el tiempo y el espacio estén en nuestros pensamientos, no lograréis comprenderlas.»

Aquellos a quienes les es difícil captar esta idea podrían preguntarse seria y reverentemente si debemos pensar en Dios como existente dentro del espacio y el tiempo. Si la respuesta es afirmativa, sobrevendrá una de estas dos consecuencias, ambas desastrosas para la claridad del pensamiento espiritual: o tenemos que imaginarnos a Dios como una persona situada en algún sitio espacialmente mensurable en el Universo, es decir, como una realidad sin infinitud ni omnipresencia, o habremos de rechazar esta idea y asirnos a la de su omnipresencia, en cuyo caso será muy fácil confundir su inmanencia como existente dentro del espacio y el tiempo. Si la respuesta es negativa —y ésta es la posición doctrinal de todo el mundo cristiano—,si la Fuente suprema de toda existencia, realidad y poder existe independientemente del tiempo y el espacio, ¿por qué no pueden existir mundos de seres reales y ordenados, creados y sostenidos por El, también libres de las limitaciones espaciales y temporales?

Si se acepta la idea de un mundo espiritual sin espacio, y qué el hombre como criatura del espíritu vive en él incluso durante su vida terrena, las experiencias de Swedenborg se hacen inmediatamente inteligibles. La única condición necesaria a fin de capacitarlo para estas experiencias sería que esas facultades que normalmente permanecen inactivas hasta después de la muerte del cuerpo natural, se activaran en él para impartirle plena conciencia del mundo espiritual.